14 julio, 2006

Los Pepe grillos economistas

Uno de los típicos temas que abordo en mis clases de Intro a la Economía tiene que ver con lo "desagradables" que solemos ser los economistas. Y eso tiene que ver con que normalmente no permitimos que la gente sueñe, y los obligamos a recordar que al final, dado que los recursos son escasos y con aplicaciones alternativas, cada decisión que se toma en asignar los recursos en una dirección debe contrastarse con su costo alternativo. Pero eso no es "nice", no es poético y obliga a tener que definirse si uno quiere vivir, como diría un budista, "despierto" o mejor dicho "conciente" ("aware" es la palabra que usan los gringos).
En el artículo de John Baden sobre las campañas que se hacen contra el calentamiento global publicado hace un par de días se retrata un poco eso mismo. No tengo ni un problema en que cada uno pueda destinar sus fondos a la causa que puedan estimar más conveniente, pero no puedo dejar de hacer presentes las alternativas que se desecharon en el camino: si usted decidió aportar a Greenpeace debe estar conciente de que esa plata también le habría servido al Hogar de Cristo, o cualquier fundación que aporta a la solución del SIDA en África, o el hambre. Y que por lo tanto, o realmente supone que la defensa de un oso polar es más importante que el hambre de un niño, o simplemente no está asignando bien sus aportes.
Muchas veces se dice de los economistas que son "sin corazón" pues siempre están buscando eficiencias. Bueno, cuando aplicamos el corazón, que lo tenemos, no podemos renunciar a esa búsqueda de asignar los recursos en su mejor destino posible. Pero a la gente no le gusta que le cuestionen sus motivos. Es desagradable. Y los economistas unos pesados.

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